Mundo Sin Nombre #4 - Hummus

Todos se miraban, sin saber muy bien qué demonios decirse. Ahí en frente de ellos habían unos cuencos en los que una masa con grumos de un color beis claro les estaba esperando, acompañada de una masa fina que debía ser algún tipo extraño de pan.

Definitivamente, ninguno de los cinco comensales sabía qué alegar ante el aspecto de eso… Que tenía un olor de legumbre que no les acababa de convencer del todo.

¿Y cómo había llegado a eso? La respuesta era sencilla: los cinco habían escuchado a una pareja hablar sobre lo rico que estaba el hummus, del buen sabor que tenía y de lo nutritivo que podía llegar a ser, además de lo gratificante que resultaba para los paladares. Así que habían decidido ir al primer restaurante que encontrasen y probarlo. Ellos, que se creían unos expertos en esto de la comida, no iban a ser menos.

— Oye… ¿Estás seguro de que es esto? — Preguntó uno de los hombres a su compañero, un hombre gordo con bigote.

— Claro que sí. — Respondió el hombre, torciendo su bigote en una mueca de desprecio.

— Es imposible que nos hayamos equivocado, ¡somos hombres! — dijo un tercero, calvo y con barba (al que también le sobraban kilos de más) —. Seguro que es dulce, ya veréis.

Los cinco se siguieron mirando, a ellos, al plato y a su alrededor, pues se encontraban en un restaurante árabe y se sentían totalmente fuera de lugar. Las demás mesas estaban llenas de jóvenes despreocupados y los camareros, todos de piel oscura y con acento al hablar, les miraban con la preocupación propia de cualquier profesional de la hostelería que veía a sus clientes que no pegaban bocado tras una hora de estar servidos. Pero era normal sentirse fuera de lugar, los cinco amigos habían empezado entrando en el local entre gritos y risas, habían pedido a voces que querían beber la cerveza más fresca que tuviesen y se habían encontrado de lleno con una educada negativa de que en el local no se servía alcohol. Luego habían mirado la carta y se reían haciendo los chistes más insidiosos, malos y sin gracia que cualquiera se hubiese podido llegar a imaginar y finalmente, una vez habían pedido, se había acabado todo rastro de mala educación al encontrarse con la pasta llamada hummus.

Finalmente uno de ellos decidió probarlo ante la atónita mirada de los demás hombres.

— No. Esto no tiene sabor a sugus. — Sentenció sombríamente.

Todos palidecieron unos instantes.

— ¿Y si preguntamos de qué está hecho? — preguntó de pronto el más joven de los hombres, que vestía una camiseta de la selección.

Sus compañeros le miraron horrorizados. Y el más mayor, el hombre gordo con bigote habló, sentencioso.

— Nosotros nunca preguntamos. Siempre tenemos la razón. ¿Me escuchas? SIEMPRE.

Lo que no sabía ese hombre, y los otros 4, es que gracias a ese grito, todos los demás clientes y los camareros consiguieron un gran anécdota para contar en las comida familiar… Y una nueva forma de avergonzar a sus cuñados.

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