Reflejos #3 - Estaré aquí para siempre

Habían días en que la niebla invernal podía llegar a tapar todo Londres y no dejar que nadie pudiese desempeñar bien su trabajo, otros días el sol llegaba a deslumbrar tanto que la gente necesitaba taparse de éste pese al frío, luego estaban los días de lluvia intensa o de una fina y persistente llovizna. Pero en lo que respectaba ese día, se levantaba uno de muy hermoso a ojos de cualquier romántico: la fina niebla teñía las calles de un suave color blanco ahumado, la gente se veía tranquila andado por la calle preparándose para empezar el día y el cielo estaba manchado por algunas nubes que no entorpecian en exceso la luz del sol. Para cualquier pintor hubiese sido un gran día para ir a la bahía a pintar; y también para los enamorados, que acudirían allí una vez el sol estuviese en su cenit y la niebla se dispersase.

Pero mientras por las calles gente de todo tipo se movía de un lado a otro, habían otros que aún estaban en el interior de sus casas preparándose para el nuevo día.

El té impregnaba con su agradable fragancia el amplio despacho en el que se hallaba, lleno de libros de aspecto antiguo, un par de sillones y un sofá delante de una chimenea en la que el fuego crepitaba con fuerza, dirigiéndose a una gigantesca mesa en la que por encima de un montón de papeles estaba la bandeja con una tetera humeante.

Pero la taza ya no estaba allí, sino que estaba en manos del único individuo que se encontraba en esos momentos en la gran sala. Bebía de ella, mientras observaba unos papeles frente a una de las ventanas que daban directamente a la calle. Se presentaba un gran día por delante, uno que iba a marcar grandes cambios para bastantes vidas. Y él, Charles Fitzgerald, lo sabía mejor que nadie, no porque ocupase un cargo en el parlamento que le permitía conseguir información privilegiada; Charles lo sabía porque había sido el jugador que había estado moviendo las piezas adecuadas.

Aunque su reflejo en la ventana no fuese del todo claro, era sencillo distinguir a un hombre alto y corpulento que aparentaba alrededor de uno 40 años (aunque su verdadera edad era muchísimo más de lo imaginable), su pelo era oscuro y dos mechones caían sobre su frente, con unas cortas patillas y una perilla que le rodeaba toda la boca, de ojos azules, fríos, viejos y astutos, acompañados por una cicatriz en la ceja izquierda. Se tomaba el té apoyado en la ventana, mientras con la mano libre revisaba una libreta llena de apuntes con gesto pensativo -y sin perder una pequeña sonrisa que era muy característica en él-.

El hombre rompió el silencio con un largo suspiro, y cerró la libreta mientras se dirigía al escritorio, cojeando con levedad por su pierna derecha. Dejó reposar la taza sobre su platito sin hacer el más mínimo ruido y alzó la cabeza para mirar los sillones que habían en el otro lado de la mesa. Sonrío con cierto desdén. Y se hizo un largo e incómodo silencio.

— Pensaba que iba a tener un mejor recibimiento — dijo de pronto una voz divertida que salía de las sombras. — Es lo mínimo, ¿no crees?

Charles se mantuvo en el mismo lugar, con las manos apoyadas sobre su escritorio y erguido. La figura que estaba oculta se movió un poco y una gran sombra, que no tenía una forma humana, se proyectó en las paredes. El hombre siguió sin inmutarse.

— Con lo hablador que eres cuando te interesa y lo callado y tímido que te muestras cuando te da la gana.

La sombra sonaba divertida, usando un tono de voz distendido y lejos de la cordialidad. Suspiró y río entre dientes, volviendo a moverse.

Se dirigió hacia la luz que iluminaba los sillones mientras poco a poco iba cambiando, de ser una sombra que llegaba hasta prácticamente el alto techo, pasó a verse la figura de un joven larguirucho de cara alargada, unos ojos grandes y de un azul tan claro que parecían blanco que contrastaban con su pelo naranja y alborotado, aunque dos pequeños mechones caían también sobre su frente. Vestía una camisa blanca mal abotonada y alrededor del cuello llevaba una corbata que daba la impresión de que nunca le habían hecho un nudo, sus pantalones eran de traje, aunque no parecían estar planchados ni que fueran de su talla. Pero lo más llamativo de su apariencia no era todo el conjunto, lo que más resaltaba eran dos cuernos bifurcados sobre su cabeza, alargados y echados ligeramente atrás, casi transparentes, y también su sonrisa, una que enseñaba todos sus dientes y en como sus colmillos inferiores se doblaban por la mitad.

— Me puedo imaginar que no debe ser de tu agrado verme por aquí, pero sabes que esta visita era obligatoria— el extraño joven se sentó sobre el respaldo de uno de los sillones y miró fijamente a Charles. — Y sí, tengo muy claro que no te gusta que aparezca sin avisos. Pero entiéndelo, ¡es demasiado tentador como para no hacerlo, para algo tengo este poder!

La figura se echó a reír a carcajadas. Pero Charles seguía quieto, con su sonrisa de desdén y los ojos fríos clavados en el chaval.

— No veo ningún motivo para que os riáis. Vuestra visita no hará que haya una sola variación en la línea trazada.

Charles al fin decidió responder a su joven interlocutor, usando un tono excesivamente cordial y pausado. El hombre sonrió victorioso al ver que el muchacho arrugaba la nariz tras su respuesta.

— ¡No me gusta cuando me hablas así! Te lo tomas demasiado en serio… — Respondió el chaval mientras se dejaba caer sobre el sofá y miraba el fuego. — Yo venía en son de paz, no a ser malo contigo.

— Estoy seguro que debe ser así — fue la contestación que enseguida hubo, en un claro tono sarcástico —, padre.
»Que justamente hayáis decidido aparecer en un día como hoy, en el que el se decidirá un pequeño matiz, sin avisar e importunándome es “venir en son de paz”. Decidme a qué habéis venido, os daré la respuesta, volveréis con los demás dioses y me dejaréis en paz.

Mientras Charles iba hablando, se acercaba apoyado en su bastón hacía a aquel joven al que se había referido como “padre”. Algo que podría resultar extraño a primera vista, pero que cuando se entendía que aquel extraño e impertinente visitante tenía la misma edad que el mundo en el que vivían, era muchísimo más fácil de entender.

El joven alzó la vista y se encontró de lleno con los ojos azules de su hijo, sonrió mostrando todos sus dientes y se levantó de un salto, quedando a la misma altura que Charles, aunque con una postura muchísimo más distendida.

— Venga, venga. No me mires así hijo, no he venido a discutir. ¿Aún sigues enfadado por lo que esperamos de ti?

— Estaré aquí para siempre.

Charles le sonrió con malicia, sabía que al dios no le gustaba nada esa frase, la cual también acostumbraba a usar cuando los reporteros le preguntaban. Su padre le miró y sacudió la cabeza acompañado de un suspiro antes de volver a reír.

— Eres un caso perdido — respondió el joven entre risitas. — Te traigo un mensaje de tu madre…

— Vaya, ¿ahora sois su mensajero? — interrumpió Charles. — Espero que no se vuelva otra de vuestras extrañas costumbres.

— ¡Oh tranquilo! Ha sido cosa mía esta vez. Y que sepas que te he hecho un favor, porque ella quería venir — advirtió el dios, mirándole con malicia —. Tu madre está muy enfadada, está convencida que si se adopta la medida del gobierno que hoy votaréis, se va a desatará el caos. ¡Que por mi genial! ¡Demasiado tiempo llevo sin disfrutar en exceso! Pero ya sabes cómo es tu madre. Así que eso es lo que vengo a decirte, que no tienes que hacerle caso.

Hubo un momento de silencio, ambos hombres se quedaron mirando, cada uno con una sonrisa diferente cruzando su rostro. En el moreno se reflejaba cierto desdén y en el pelirrojo diversión.

— Dígale a madre las siguientes palabras, que también os las podéis aplicar: si queréis orden, buscad caos. Si queréis caos, buscad orden.

Tras esas palabras el silencio que se produjo fue tal que parecía que el tiempo se había detenido. El crepitar del fuego estaba totalmente detenido, hasta las respiraciones de ellos, que seguían enfrentando sus ojos azules en una ardiente batalla. Pero el silencio se acabó y a la vez que un tronco se rompía debido al fuego y se escuchaba el sonido de éste cayendo, el joven dios se echaba a reír a grandes carcajadas hasta llegar a doblarse.

— Eres digno hijo de tus padres. Es una lástima que no quieras tomar el lugar que te pertenece — afirmó entre carcajadas —. Muy bien hijo, daré tu mensaje.

— Decidle a madre que, aunque es bien recibida, no es necesario que se moleste en venir.

— Se lo diré, aunque no le gustarán esas palabras— respondió el dios mientras hacía una cómica y exagerada reverencia—. Suerte, hijo.

Poco a poco, como si de una bruma se tratase, el Dios empezó a desaparecer del lugar, mostrando al final su sonrisa perfecta que enseñaba sus dientes con los colmillos doblados. Por su parte, Charles volvió a su escritorio para acabar de revisar aquello que había dejado antes de ser interrumpido, acompañado por una mueca propia de un adolescente enfurruñado.

El hombre sacudió la cabeza para quitarse la charla que había acabado de tener con el Dios. Los planes no iban a cambiar y aunque lo que ese día iba a decidirse en el parlamento no era algo que le gustase, sabía que era un cambio necesario para un bien común y para sus intereses futuros.

Cuando Charles volvió a su mesa para repasar sus anotaciones la puerta sonó y el mayordomo le informó de que el carruaje que le llevaría al parlamento le estaba esperando. El político guardó en su maletín aquello que necesitaba, se enfundó la caliente gabardina, tomó uno de sus sombreros y salió de casa, no quería hacerlo esperar, aún tenían que ir a recoger a un viejo amigo y compañero de Charles, el cual había sido uno de los impulsores de la ley que iba a someterse a debate y votación ese día en Westminster.

Una vez llegados a la casa del hombre, un vampiro conocido Musa Demir, solamente tuvieron que esperar unos minutos hasta que salió. A Charles no le pasó desapercibido el dolor que se reflejaba en la cara de su compañero cuando el sol le iluminó, hasta casi podía disfrutarlo. Y sí, era así era por una razón simple: aquel hombre le había causado en un pasado muy lejanos bastantes problemas, y uno de ellos aún lo llevaba consigo en su pierna izquierda. Pero ahora trabajaban juntos tras un reencuentro y habían conseguido llegar a entablar una especie de amistad tras más de 10 años.

Pese al dolor de soportar la luz de sol, Musa fue igual de insidioso y con esa antipatía disfrazada de simpatía que tanto le caracterizaba a la hora de saludar; le encantaba recordarle a Charles que, en cierta forma, le temía a él y a los de su especie (aunque sabía que el político era infinitamente superior a él).

No intercambiaron muchas palabras más, Charles dio la orden de que volviesen a la marcha, callando por completo.

— Estás muy silencioso hoy, Charles —dijo Musa de repente para cortar el silencio que empezaba a ser incómodo—. Vale, sé que soy increíblemente hermoso y mi presencia te resulta incómoda, pero ese silencio tuyo ya empieza a resultar desesperante.

El vampiro sonaba impaciente, no era muy dado a tolerar largos silencios y conocía lo suficiente a Charles como para saber que algo ocurría cuando él estaba demasiado tiempo sin abrir la boca.

— Estoy revisando mis anotaciones Musa. —Fue la respuesta que dió sin mirarle.

— ¿Te crees que nací ayer o qué? —el vampiro arqueó una ceja, molesto. — Tus compañeros del parlamento te llaman “Mago de las Palabras” por algo, y es precisamente porque sabes hablar demasiado bien. Siempre. — Prosiguió Musa, enfatizando el tono en la palabra “demasiado” —. Eso de revisar anotaciones funcionará con esos tontos con los que trabajas, pero no conmigo.

Musa podía resultar muy estridente al hablar, además de demasiado impertinente. El político cerró la libreta que había estado hojeando y le miró; su compañero se estremeció unos instantes, odiaba la expresión que tenía Charles en esos momentos: imperturbablemente indescifrable.

— He recibido cierta visita—dijo al fin, pausadamente. El Mago de las Palabras era un maestro guardando secretos, pero había algunos que para gente tan cercana como Musa no valía la pena esconder. Como por ejemplo que sus padres eran los dos Dioses más importantes del mundo.

— ¡Oh, de ahí tus saltos de alegría! ¡Mami Orden ha venido a ver a su querido y único hijito!

— No ha sido ella—respondió Charles ocultando lo mucho que le había molestado el tono condescendiente de su amigo—. Ha sido padre, de parte de ella.

— Déjame adivinar: tu señora madre no quiere que se apruebe la ley — Musa no tuvo que esperar la respuesta para saberla. De todas formas, se echó a reír—. Y acude a ti, esperando que le hagas caso. Qué tierna es… — El moreno frunció levemente el ceño al ver que Charles miraba la ventana del carruaje. Ya habían llegado y la expresión que tenía el político no le gustó nada. — No vas a hacerle caso, ¡¿verdad?!

Charles ladeo la cabeza y sonrió cuando el mozo les abrió la puerta. Musa seguía esperando su respuesta. Fuera estaban todos los periodistas de los diferentes medios, esperándoles y ansiosos de hacer preguntas con respuestas vacías.

El hombre del parlamento apoyó primero su bastón y luego salió al exterior, dejando que la tenue luz del sol se filtrase por las nubes mientras esperaba que Musa saliese y fuese con él al interior, mientras miraba en derredor, buscando a alguien sin que los demás se percatasen de ello.

— No me has respondido. — Musa sonó bastante enfadado, el sol no era fuerte, pero le escocía igualmente.

— La verdad es que si juegas bien las cartas, todo sale como está previsto. Y hace tiempo que no paseo por las orillas del Támesis.

El vampiro miró ceñudo a Charles, odiaba ese tipo de respuestas. Por su parte, los ojos azules de Charles se habían encontrado con lo que buscaba. Una mujer rubia de ojos azul-grisáceo, que estaba entre los demás periodistas como una más, le sostenía la mirada pareciendo que, por unos momentos, no había nadie más que ellos dos, y un enfadado vampiro.

Charles le dedicó a la mujer una cálida sonrisa antes de que el hechizo acabase. Se encaminó hacia el gran parlamento con Musa al lado, algo menos molesto tras entender un poco mejor las palabras de su amigo.

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