Mundo Sin Nombre #8 - Concuñada
Era horrible, en serio que era horrible, pero una vez al año había que pasar por ese mal trago… Bueno, realmente no era “una vez al año”, eran varias veces al año en las que debía pasar por ello, pero en esas otras veces la compañía era más numerosa y eso le permitía atender otros temas. En el caso que ocupaba ese momento, el grupo era reducido. Y le estaba empezando a doler la cabeza.
Él, Igor, era un joven hechicero que había hecho una buena carrera como botánico, gracias a su habilidad con las plantas y flores. Y él, Isaac, era un joven elfo que trabajaba de ejecutivo en uno de los bancos de la ciudad. Cuando se les veía juntos, formaban una pareja bonita: se les podía considerar bastante atractivos y no destacaban, eran educados, serviciales y humildes y, sobretodo, un ejemplo de integridad y aceptación.
Igor bebió de su vino mientras miraba a sus invitados y seguía escuchando la berborrea que salía del elfo que había frente suyo, un hombre alto y delgado, de nariz ganchuna, orejas extremadamente largas (hasta cómicas para tratarse de un elfo), ojos saltones y unos dedos tan largos y raquíticos que daban pavor.
—¡Los hechiceros deberían estar agradecidos que los elfos podamos aceptarlos en nuestros sitios de trabajo! — exclamó el hombre de golpe, cosa que hizo que Igor volviese a escuchar su discurso —. Vosotros y todos aquellos de los que tanto os rodeáis no sois más que unos usurpadores de la magia. Os aprovecháis de unas capacidades que estaban destinadas a seres más decentes, organizados y razonables. Y… ¡Y ahora os podéis casar con nuestros chicos! ¡Deberíais estar más que agradecidos por ese favor!
Igor miró a su esposo, que miraba a su hermano con el ceño fruncido y los labios apretados, la sonrisa educada ya se le había acabado. El joven hechicero suspiró.
Si bien era cierto que con su cuñado no tenía una buena relación, también era cierto que no era sin razón: durante siglos a los elfos nunca les habían gustado aquellas entidades que podían usar la magia externa. Ellos creían estar en posesión de la magia verdadera, ya que los estudios habían demostrado que sus antepasados fueron de los primeros en albergarla interiormente, tal como hacían los Dioses y Duques, y convertirse en entidades que usaban el don de la razón sobre el instinto. Eso les convertía en una entidad longeva, sabia y, sobretodo, creída, que detestaban a prácticamente todos aquellos que habían conseguido moldear la magia que estaba alrededor de la vida. Y es que aunque habían más entidades que tenían el Don de la magia, solamente los elfos tenían esa visión tan clasista y racista, algo normal si se tenía en cuenta que a ellos controlar la magia exterior no era algo que entrase en sus mejores habilidades.
Para desgracia de Igor, los hechiceros (unas entidades humanas con el Don de poder controlar la magia externa) sí tenían una gran habilidad para ello. Y los elfos los odiaban por ello.
Su cuñado no era menos. Era de esos hombres que creían tener la razón sobre todo, que se creía que se le debía hacer un pasillo cuando pasaba delante de las demás entidades, que se sentía insultado si le decían que estaba equivocado (¡él nunca se equivocaba) y sobretodo, podía arreglar absolutamente todos los males de la humanidad desde su casa, con una copiosa cena, una botella de vino y dando golpes en la mesa cada vez que abría su bocaza.
Para el joven hechicero, escuchar hablar a su cuñado era como oír uno de esos mítines políticos de los nuevos partidos: llenos de promesas vacías y demagogia barata. Ese hombre que tenía frente suyo era lo mismo. Pero lo que más le desencajaba era su concuñada, otra elfa de aspecto parecido a su marido. Le recordaba a esas personas que se ponían tras los políticos, intentando aguantar los bostezos o el sueño que les venía debido al aburrimiento, o que lo único que hacían era asentir como si de verdad creyesen algo de lo que el otro decía.
Y un fugaz vídeo viral se pasó por la mente del botánico, uno en que uno de esos figurantes se quedaban dormidos y vio que la esposa de su cuñado estaba a punto de pasar por lo mismo. El hechicero apretó la mano de su esposo y se levantó, llevándolo con él a la cocina.
Al poco tiempo, ambos jóvenes empezaron a reírse, y tanto el hermano de Isaac como su esposa, se quedaron sin entender nada, aunque creyeron que seguramente eran gritos de jovialidad porque estaban con ellos.
Y los cuñados siempre tienen razón. (O eso es lo que les hacían creer).
Él, Igor, era un joven hechicero que había hecho una buena carrera como botánico, gracias a su habilidad con las plantas y flores. Y él, Isaac, era un joven elfo que trabajaba de ejecutivo en uno de los bancos de la ciudad. Cuando se les veía juntos, formaban una pareja bonita: se les podía considerar bastante atractivos y no destacaban, eran educados, serviciales y humildes y, sobretodo, un ejemplo de integridad y aceptación.
Igor bebió de su vino mientras miraba a sus invitados y seguía escuchando la berborrea que salía del elfo que había frente suyo, un hombre alto y delgado, de nariz ganchuna, orejas extremadamente largas (hasta cómicas para tratarse de un elfo), ojos saltones y unos dedos tan largos y raquíticos que daban pavor.
—¡Los hechiceros deberían estar agradecidos que los elfos podamos aceptarlos en nuestros sitios de trabajo! — exclamó el hombre de golpe, cosa que hizo que Igor volviese a escuchar su discurso —. Vosotros y todos aquellos de los que tanto os rodeáis no sois más que unos usurpadores de la magia. Os aprovecháis de unas capacidades que estaban destinadas a seres más decentes, organizados y razonables. Y… ¡Y ahora os podéis casar con nuestros chicos! ¡Deberíais estar más que agradecidos por ese favor!
Igor miró a su esposo, que miraba a su hermano con el ceño fruncido y los labios apretados, la sonrisa educada ya se le había acabado. El joven hechicero suspiró.
Si bien era cierto que con su cuñado no tenía una buena relación, también era cierto que no era sin razón: durante siglos a los elfos nunca les habían gustado aquellas entidades que podían usar la magia externa. Ellos creían estar en posesión de la magia verdadera, ya que los estudios habían demostrado que sus antepasados fueron de los primeros en albergarla interiormente, tal como hacían los Dioses y Duques, y convertirse en entidades que usaban el don de la razón sobre el instinto. Eso les convertía en una entidad longeva, sabia y, sobretodo, creída, que detestaban a prácticamente todos aquellos que habían conseguido moldear la magia que estaba alrededor de la vida. Y es que aunque habían más entidades que tenían el Don de la magia, solamente los elfos tenían esa visión tan clasista y racista, algo normal si se tenía en cuenta que a ellos controlar la magia exterior no era algo que entrase en sus mejores habilidades.
Para desgracia de Igor, los hechiceros (unas entidades humanas con el Don de poder controlar la magia externa) sí tenían una gran habilidad para ello. Y los elfos los odiaban por ello.
Su cuñado no era menos. Era de esos hombres que creían tener la razón sobre todo, que se creía que se le debía hacer un pasillo cuando pasaba delante de las demás entidades, que se sentía insultado si le decían que estaba equivocado (¡él nunca se equivocaba) y sobretodo, podía arreglar absolutamente todos los males de la humanidad desde su casa, con una copiosa cena, una botella de vino y dando golpes en la mesa cada vez que abría su bocaza.
Para el joven hechicero, escuchar hablar a su cuñado era como oír uno de esos mítines políticos de los nuevos partidos: llenos de promesas vacías y demagogia barata. Ese hombre que tenía frente suyo era lo mismo. Pero lo que más le desencajaba era su concuñada, otra elfa de aspecto parecido a su marido. Le recordaba a esas personas que se ponían tras los políticos, intentando aguantar los bostezos o el sueño que les venía debido al aburrimiento, o que lo único que hacían era asentir como si de verdad creyesen algo de lo que el otro decía.
Y un fugaz vídeo viral se pasó por la mente del botánico, uno en que uno de esos figurantes se quedaban dormidos y vio que la esposa de su cuñado estaba a punto de pasar por lo mismo. El hechicero apretó la mano de su esposo y se levantó, llevándolo con él a la cocina.
Al poco tiempo, ambos jóvenes empezaron a reírse, y tanto el hermano de Isaac como su esposa, se quedaron sin entender nada, aunque creyeron que seguramente eran gritos de jovialidad porque estaban con ellos.
Y los cuñados siempre tienen razón. (O eso es lo que les hacían creer).
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