Mundo Sin Nombre #10 - Ufansarse
Habían días en que la política era un paseo sobre un manto de flores rosadas en un extenso campo, con una agradable brisa primaveral y la mejor de las compañías. Y luego estaban los días en que la política era una tormenta digna del fin del mundo, en la que uno se encontraba solo en un bote en el centro del amplio mar y debía rezar a algún Titán para que acabase con ese castigo.
Y ese día nos encontrábamos ante la segunda opción.
Cada cierto tiempo, los miembros que constituían los ministros en cabeza que representaban a las diferentes entidades terrenales debían reunirse, intercambiar opiniones, problemas y buscar soluciones, además de buscar apoyos en leyes que necesitaban un gran consenso entre todos. Podía parecer sencillo, pero no lo era y Charles Fitzgerald lo sabía demasiado bien, llevaba siglos viendo las idas y venidas de los diferentes representantes y algunas veces estaba harto de tener que aguantar ciertos comportamientos. Y suerte que esa reunión solamente atañía a Inglaterra, cuando se reunían con los demás miembros europeos podía ser aún peor; de todas formas, eso no evitaba que tuviese ganas de fumarse un pitillo y de meterle la colilla en el ojo al mago que estaba hablando.
—¡Gracias a nosotros se están haciendo grandes avances en ciencia! ¿Por qué no puede haber por parte del gobierno un trato de favor hacía nuestros congéneres? ¡Lo merecemos! Y todos los demás deberíais apoyarnos— dijo el hombre, de entrada edad y delgado, mirando a sus demás compañeros.
Hacía horas que estaban dando la vuelta al mismo tema. El mago tenía razón en decir que ellos habían estado ayudando muchísimo, muchos avances en investigación química habían sido llevado por grupos en que habían magos, pero parecía olvidar que el coordinador no había sido ninguno y que algunos ensayos no habían salido bien por intentar acelerar demasiado las pruebas o cambiar procedimientos por magia que no sabían controlar. Ufanarse y sentirse importante era precioso, pero no cuando las leyes habían sido saltadas.
—Señor Scott. Le recuerdo que algunos de sus “avances” han causado ciertos incidentes… Bastante desagradables para algunos de nosotros —con calma una mujer de las que estaban allí le respondió. No tuvo que alzar la voz, pero Charles y los demás acompañantes que estaban con él, se dieron cuenta enseguida de que al mago se le había helado la sangre tras la respuesta de la ministra humana.
—La ministra tiene razón. Nosotros también hemos sufrido el ímpetu que os dan vuestros dones— está vez habló una joven enana, la ministra. A su lado había sentado un Gobblin que asintió a sus palabras.
—Fuestras frisas pfoco han favofrecido a lof nueftros —el goblin habló con un tono de voz característico y ronco, normal en una entidad de boca pequeña, y mandíbula prominente—. Mfuchos lafroratorios han fido defruidos por fuestra culpfa y juefos.
Charles tuvo que mantener su mejor expresión de neutralidad cuando el goblin dejó de hablar, pero por sus adentros tenía una sonrisa de oreja a oreja al ver que el mago empezaba a desinflarse. Si había algo que algunas entidades cuidaban mucho, eran de las habilidades que habían desarrollado a lo largo de milenios de existencia, y no iban a dejar que otros se atribuyeran estrellas de más cuando se debía trabajar de acuerdo a unas reglas que, sin conciencia, saltarlas podía llevar al desastre.
Además, tras ese rapapolvo, Charles tenía la sensación de que pronto podría ver la luz del sol tras la tormenta e irse con sus demás colegas (otros pobres portavoces que debían estar allí) a tomarse unas copas y reírse a costa de sus “jefes”.
Y ese día nos encontrábamos ante la segunda opción.
Cada cierto tiempo, los miembros que constituían los ministros en cabeza que representaban a las diferentes entidades terrenales debían reunirse, intercambiar opiniones, problemas y buscar soluciones, además de buscar apoyos en leyes que necesitaban un gran consenso entre todos. Podía parecer sencillo, pero no lo era y Charles Fitzgerald lo sabía demasiado bien, llevaba siglos viendo las idas y venidas de los diferentes representantes y algunas veces estaba harto de tener que aguantar ciertos comportamientos. Y suerte que esa reunión solamente atañía a Inglaterra, cuando se reunían con los demás miembros europeos podía ser aún peor; de todas formas, eso no evitaba que tuviese ganas de fumarse un pitillo y de meterle la colilla en el ojo al mago que estaba hablando.
—¡Gracias a nosotros se están haciendo grandes avances en ciencia! ¿Por qué no puede haber por parte del gobierno un trato de favor hacía nuestros congéneres? ¡Lo merecemos! Y todos los demás deberíais apoyarnos— dijo el hombre, de entrada edad y delgado, mirando a sus demás compañeros.
Hacía horas que estaban dando la vuelta al mismo tema. El mago tenía razón en decir que ellos habían estado ayudando muchísimo, muchos avances en investigación química habían sido llevado por grupos en que habían magos, pero parecía olvidar que el coordinador no había sido ninguno y que algunos ensayos no habían salido bien por intentar acelerar demasiado las pruebas o cambiar procedimientos por magia que no sabían controlar. Ufanarse y sentirse importante era precioso, pero no cuando las leyes habían sido saltadas.
—Señor Scott. Le recuerdo que algunos de sus “avances” han causado ciertos incidentes… Bastante desagradables para algunos de nosotros —con calma una mujer de las que estaban allí le respondió. No tuvo que alzar la voz, pero Charles y los demás acompañantes que estaban con él, se dieron cuenta enseguida de que al mago se le había helado la sangre tras la respuesta de la ministra humana.
—La ministra tiene razón. Nosotros también hemos sufrido el ímpetu que os dan vuestros dones— está vez habló una joven enana, la ministra. A su lado había sentado un Gobblin que asintió a sus palabras.
—Fuestras frisas pfoco han favofrecido a lof nueftros —el goblin habló con un tono de voz característico y ronco, normal en una entidad de boca pequeña, y mandíbula prominente—. Mfuchos lafroratorios han fido defruidos por fuestra culpfa y juefos.
Charles tuvo que mantener su mejor expresión de neutralidad cuando el goblin dejó de hablar, pero por sus adentros tenía una sonrisa de oreja a oreja al ver que el mago empezaba a desinflarse. Si había algo que algunas entidades cuidaban mucho, eran de las habilidades que habían desarrollado a lo largo de milenios de existencia, y no iban a dejar que otros se atribuyeran estrellas de más cuando se debía trabajar de acuerdo a unas reglas que, sin conciencia, saltarlas podía llevar al desastre.
Además, tras ese rapapolvo, Charles tenía la sensación de que pronto podría ver la luz del sol tras la tormenta e irse con sus demás colegas (otros pobres portavoces que debían estar allí) a tomarse unas copas y reírse a costa de sus “jefes”.
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