Mundo Sin Nombre #18 - El joven escribano
Tenía un relato a medio acabar y otro preparado, pero a última hora me ha apetecido hacer algo ligeramente diferente a lo que acostumbro a hacer. Espero y deseo que os guste.
—Papá, ¿el joven escribano continua escribiendo, verdad? —preguntó la voz aguda de un chiquillo, clavando sus ojos grises en los azules de su padre cuando éste cerró el libro.
El hombre sonrió al niño y le dio un beso en la frente antes de levantarse, ayudado de su bastón. El pequeño seguí mirándolo, esperando la respuesta de su padre.
—A fecha de hoy, no lo sé. —Fue la única y sincera respuesta que supo darle.
Mundo Sin Nombre #14 - El joven escribano
Hace mucho tiempo, más del que puedas imaginar, había un pequeño escribano cuyo única pasión era relatar aquellas historias que necesitaban ser contadas para que, en un futuro, las gentes que las recibiesen pudiesen aprender algo de ellas: valores, deseos, inquietudes…
Escribía y escribía, imaginaba, leía, escuchaba y aprendía. Paso a paso sin detenerse.
Las guerras exteriores no le afectaban, los problemas del mundo sólo hacían que abrir su espíritu y animarle a crear una obra que pudiese perdurar y cumplir con lo que buscaba.
A su alrededor, las gentes le animaban, apoyaban y pedían más. Lo poco que mostraba parecía funcionar bien y su confianza crecía a la par que su esperanza. “Tal vez consiga enseñar algo bueno entre tantos problemas” era el pensamiento del pequeño escribano.
Pero un día todo eso cambió, las guerras exteriores entraron con fuerza en el estudio del joven, que fue cruelmente saqueado y posteriormente destruido. Todo en lo que había trabajado y puesto sus mejores deseos se había convertido en cenizas que no iban a renacer. Los fénix habían abandonado el mundo por culpa de aquellas contiendas.
La oscuridad tragó tanto el taller como al joven escribano, que se encerró en si mismo para poder soportar la pena de lo perdido. Dejó de trabajar. “¿Para qué?” se preguntaba el chico, “van a volver y lo van a destruir”, y tan seguro que estaba de ello que esas palabras se convirtieron en una especie de mantra, el cual se repetía mientras aceptaba una anodina vida con las demás gentes de su entorno, aquellas que nunca habían prestado interés por su trabajo y dejando de lado las que le habían prestado alguna vez interés, pero que podían seguir el camino que se habían marcado.
Días, noches, semanas, mesas y años fueron pasando, algunas veces las gentes que una vez le animaron le recordaban aquella época dorada y él volvía a repetir su mantra, a negar sus deseos y esperanzas.
Lo que no sabía, pequeño, es que el tiempo nunca perdona y que cuando tu sueño va ligado a tu destino, acabará devolviéndote al camino, porque siempre te acaba llamando, aunque tus heridas no se hayan curado.
De esa forma el joven escribano empezó a escuchar, habían señales que volvían a él, veía que los demás habían podido seguir su camino pese a sufrir adversidades, “¿por qué no intento volver a mi camino?” empezó a preguntarse. Tenía miedo, muchísimo miedo, pero el camino que una vez dejó volvía a aparecer frente a él de nuevo, debía decidirse y, un empujón inesperado le devolvió al camino que había abandonado hacía ya tanto tiempo. Ahora era diferente: oscuro, lleno de maleza, empinado. Todo había cambiado. El joven escribano había recuperado algo de aquel orgullo que antaño había tenido y, con aquella ayuda que le empujó a retomar aquello que había dejado, empezó su andanza. La pluma seguía con él y parecía deseosa de volver a trabajar…
Y cuando más animado empezaba a estar, se dio cuenta que se encontraba solo, que mucha gente que un día le había dicho que volviese al camino no estaba o simplemente había desaparecido. Fue una desolación para él, pero aún así se mantuvo firme en no apartarse, quería llegar a aquella meta tan alta en la que las letras ayudasen a reflexionar.
El taller volvió a tomar forma, el escribano recogió las cenizas de sus antiguos trabajos y las lanzó al aire. De nuevo estaba escribiendo… Su problema era que las dudas e inseguridades le acosaban, el no tener casi ninguna voz a su lado también le angustiaba, “¿estará todo bien?” se preguntaba, “sí, seguramente sí… Solamente es tiempo” se respondía.
Y el joven escribano así se mantenía. En su taller escribiendo para transmitir un mensaje lleno de valores, deseos e inquietudes. Pese a tenerlo todo en contra.
Escribía y escribía, imaginaba, leía, escuchaba y aprendía. Paso a paso sin detenerse.
Las guerras exteriores no le afectaban, los problemas del mundo sólo hacían que abrir su espíritu y animarle a crear una obra que pudiese perdurar y cumplir con lo que buscaba.
A su alrededor, las gentes le animaban, apoyaban y pedían más. Lo poco que mostraba parecía funcionar bien y su confianza crecía a la par que su esperanza. “Tal vez consiga enseñar algo bueno entre tantos problemas” era el pensamiento del pequeño escribano.
Pero un día todo eso cambió, las guerras exteriores entraron con fuerza en el estudio del joven, que fue cruelmente saqueado y posteriormente destruido. Todo en lo que había trabajado y puesto sus mejores deseos se había convertido en cenizas que no iban a renacer. Los fénix habían abandonado el mundo por culpa de aquellas contiendas.
La oscuridad tragó tanto el taller como al joven escribano, que se encerró en si mismo para poder soportar la pena de lo perdido. Dejó de trabajar. “¿Para qué?” se preguntaba el chico, “van a volver y lo van a destruir”, y tan seguro que estaba de ello que esas palabras se convirtieron en una especie de mantra, el cual se repetía mientras aceptaba una anodina vida con las demás gentes de su entorno, aquellas que nunca habían prestado interés por su trabajo y dejando de lado las que le habían prestado alguna vez interés, pero que podían seguir el camino que se habían marcado.
Días, noches, semanas, mesas y años fueron pasando, algunas veces las gentes que una vez le animaron le recordaban aquella época dorada y él volvía a repetir su mantra, a negar sus deseos y esperanzas.
Lo que no sabía, pequeño, es que el tiempo nunca perdona y que cuando tu sueño va ligado a tu destino, acabará devolviéndote al camino, porque siempre te acaba llamando, aunque tus heridas no se hayan curado.
De esa forma el joven escribano empezó a escuchar, habían señales que volvían a él, veía que los demás habían podido seguir su camino pese a sufrir adversidades, “¿por qué no intento volver a mi camino?” empezó a preguntarse. Tenía miedo, muchísimo miedo, pero el camino que una vez dejó volvía a aparecer frente a él de nuevo, debía decidirse y, un empujón inesperado le devolvió al camino que había abandonado hacía ya tanto tiempo. Ahora era diferente: oscuro, lleno de maleza, empinado. Todo había cambiado. El joven escribano había recuperado algo de aquel orgullo que antaño había tenido y, con aquella ayuda que le empujó a retomar aquello que había dejado, empezó su andanza. La pluma seguía con él y parecía deseosa de volver a trabajar…
Y cuando más animado empezaba a estar, se dio cuenta que se encontraba solo, que mucha gente que un día le había dicho que volviese al camino no estaba o simplemente había desaparecido. Fue una desolación para él, pero aún así se mantuvo firme en no apartarse, quería llegar a aquella meta tan alta en la que las letras ayudasen a reflexionar.
El taller volvió a tomar forma, el escribano recogió las cenizas de sus antiguos trabajos y las lanzó al aire. De nuevo estaba escribiendo… Su problema era que las dudas e inseguridades le acosaban, el no tener casi ninguna voz a su lado también le angustiaba, “¿estará todo bien?” se preguntaba, “sí, seguramente sí… Solamente es tiempo” se respondía.
Y el joven escribano así se mantenía. En su taller escribiendo para transmitir un mensaje lleno de valores, deseos e inquietudes. Pese a tenerlo todo en contra.
El hombre sonrió al niño y le dio un beso en la frente antes de levantarse, ayudado de su bastón. El pequeño seguí mirándolo, esperando la respuesta de su padre.
—A fecha de hoy, no lo sé. —Fue la única y sincera respuesta que supo darle.
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Si os ha gustado, os animo a que dejéis un comentario o me invitéis a un café, ¡gracias!
La semana pasada entendí que no pretendía ser un texto netamente literario, que más bien era una chapa de autor que querías darnos. Esta semana no lo veo tanto así, sino como un intento de fábula o algo por el estilo. Conforme a eso te comento:
ResponderEliminarNo siento que transmita nada. Todo pasa porque sí y queda palpable en la idea de que la gente tiene que seguir un destino. No hay un motivo claro de por qué escribe al principio, por qué la gente le apoya a pesar de que a su alrededor todo es miseria, por qué se rinde y por qué luego vuelve. No hay unas dificultades claramente discernibles. Por eso creo que el mensaje de no rendirse ante la adversidad no llega, porque no hay una adversidad clara ni un motivo para superarla. No tenemos un niño al final que aplique algo de lo aprendido con la lectura en su vida diaria o en un problema concreto. Solo una pregunta "¿y sigue escribiendo?". Y la única respuesta que se puede dar en función del texto es "sí", no porque haya un motivo, sino porque es un escribano y su destino es escribir.