Reflejos #4.1 - Defensa, información y política

Debido a la extensión del prólogo. Se ha partido en dos. Sentimos las molestias, la próxima semana tendréis el siguiente.

CdM Prólogo #4.1 - Defensa, información y política

Pasar por el gran umbral que daba acceso a la gran Westminster fue un descanso para Musa, el inicio del trabajo para Charles y una sensación indescriptible para Quora.

Los ojos azules del político clavados en los de ella y la extraña oscuridad que los había aislado durante unos segundos, le habían erizado los pelos de la nuca; ¿le estaría diciendo algo?

Cuando regresó a Inglaterra y retomó su trabajo como periodista, Quora había escuchado bastantes comentarios acerca de aquel hombre; pero todas las veces que había intentado dar con él, algo ocurría para que se acabase truncando, y eso se potenció más aún tras el incidente que le dio a ella el don de la inmortalidad. Lo peor para la mujer era la terrible sensación de haberlo conocido ya, de haberlo tenido muy cerca y de saber más de él que muchos de los que estaban allí; pero no era capaz de recordar ni el dónde ni el cuándo.

Pero parecía que hoy tendría la oportunidad que tanto había buscado. Tenía muchas consultas que hacerle sobre los chismes que había llegado a oír, además que también quería preguntarle sobre la ley que ese día se iba a discutir: ¿cómo es que ahora los humanos y magos se aliaban con los vampiros para dejarles trabajar a su mismo nivel? ¿Había algún interés oculto en ello? Los elfos no estaban de acuerdo y nunca habían sido muy amigos de los humanos, ¿era esa una razón para el pacto? Aunque las hadas tampoco estaban de acuerdo y sí tenían buena relación con grupos que apoyaban a los vampiros. Y lo más importante de todo: ¿se conocían o era simplemente una sensación a raíz de todo lo que había escuchado de él?

Desde el primer momento en que la noticia pasó de ser un simple rumor a una realidad, de la que ella muy buenamente había conseguido la primicia para su periódico, algo no le había encajado. Había crecido escuchando aquella reivindicación, pero nunca había sido lo suficientemente fuerte, ni Reino Unido, ni en Estados Unidos. Cuando regresó estuvo un tiempo más siendo una petición y ahora, en una especie de abrir y cerrar de ojos, la petición había cobrado tal fuerza que iba a ser votada bajo las leyes de todas las entidades. Quora se fiaba de su instinto y su razonamiento, estando segura de que aquellos dos personajes que cruzaban la sala tenían mucho que ver.

Quora observó que ambos se dirigían a un grupo compuesto por diferentes entidades, cada una con una opinión al respecto, aunque todas juntas. Era una escena extraña, pero cuando se debían votar leyes que afectaban a todos de un país, era normal.

Porque en el Mundo Sin Nombre el poder político que engloba a las diferentes entidades era uno en cada país y se regía por una constitución que afectaba a todos por igual. Las Entidades minoritarias tenían su propio gobierno aparte, pero sus leyes nunca podían vulnerar o ir en contra de la constitución global; algunos de estos gobiernos copiaban el modelo de república, la monarquía parlamentaria, una monarquía a secas o hasta modelos dictatoriales. Pero ya fuese un tipo de gobierno u otro, cuando una ley iba a afectar a todos, se reunían los representantes de cada una de las entidades junto a su equipo, y entonces se debatía y votaba la propuesta.

Pocas veces a lo largo de una legislatura se llegaban a tener que reunir todas, algunas veces solamente algunos lo hacían y otras muchas eran leyes que no necesitaban llegar hasta el último escalón porque se solucionaban en los despachos. A lo largo de su vida, Quora solamente había conocido media docena de veces y esta era la primera vez en la que ella estaba allí.

Quora observó al grupo que se había formado alrededor del político y el vampiro. Tras dar un tiempo prudencial para los saludos y tras comprobar que sus compañeros del gremio no se iban a atrever a acercarse hacer algunas preguntas antes de iniciarse el debate, decidió que ya lo haría ella. Como siempre.

Pero no pudo dar más de cuatro pasos cuando una voz potente procedente de su espalda llamaba la atención de todos los periodistas. Quora se detuvo en seco y miró a los dos hombres con cierta molestia, Charles seguía a lo suyo, pero Musa sí había reparado en ella y también la miraba. Los ojos ambarinos del vampiro se clavaron en los de ella un corto instante, éste le saludó con la cabeza y ella respondió, tras lo que Musa volvió a la conversación que tenían entre manos. La periodista tuvo que resignarse e ir con sus compañeros, que estaban siendo guiados por un enorme anferáneo con rasgos de oso a una sala diferente. Pero tenía clara una cosa, acabaría estando informada de todo.

Mientras, Charles seguía hablando con sus colegas, un humano de pelo cano, nariz roja y rostro bonachón y un destacado hechicero, tenía cara alargada y demacrada, con unas ojeras tan profundas como dos pozos. Por último habían un par de elfos, que no solamente eran reconocibles por sus largas orejas, sino también por sus alargadas extremidades.

En esos momentos, el político solamente se dedicaba a escucharles, pues ya había dicho lo suficiente y quería saber la opinión de los demás; pero tras una de las personas con las que hablaba, vio una sombra que le resultó familiar.

—Voy a tener que dejar esta conversación tan interesante que estamos teniendo, señores míos. Debo saludar a alguien.

Charles les dedicó una cándida sonrisa y una pequeña reverencia. Tras esto se apartó de ellos y se encaminó al otro extremo de la sala. Musa le siguió, aunque lo detuvo a los pocos metros.

—Has conseguido lo que buscabas. Si no la hubiesen llamado, la tendríamos encima nuestro en estos momentos. Has tenido suerte.

—¿Crees que ha sido suerte? A veces me conoces muy poco.

Musa miró a Charles con una clara mirada reprobatoria. Éste simplemente la respondió con una encantadora sonrisa.

—Musa, esto de hoy debe salir bien, en todos los sentidos. Y alterar el orden de los sucesos no es una opción.

—Me iré a sala, los demás Vampiros me deben estar esperando y quiero repasar nuestra defensa —comentó Musa con desdén. Charles simplemente le respondió con un asentimiento de cabeza y sin perder su expresión.

El vampiro giró sobre sus talones y se fue hacia las grandes escalinatas que había en el hall.

En días como aquel, donde la presencia de gente se multiplicaba considerablemente, el palacio lucía muy distinto a como era habitualmente. El Dios del Espacio, Chóros, cambiaba el lugar e interiormente le daba más espacio, de esta forma se ahorraban la construcción u ocupación de espacios para algo que podía solucionarse con un poco de magia.

Musa abrió la puerta que daba a la sala de sus compañeros y allí los encontró, una multitud de rostros pálidos y ojos brillantes le miraron con una expresión que invitaba a que cerrase inmediatamente.

—Cuando salgamos al salón, no vais a poder estar a oscuras como ahora.

Musa habló con un marcado despreció en sus palabras, casi parecía que se estaba riendo tras las sombras. Caminó con paso ligero en dirección a los grandes ventanales y corrió las cortinas sin ningún tipo de pudor, haciendo que el sol entrase con fuerza en la habitación.

Gritos de dolor se propagaron por el lugar cuando el astro rey les dio de lleno. Musa ya estaba curado de espantos tras la experiencia de hacía unas horas, así que no sintió pena alguna cuando los demás se empezaron a retorcer.

—¡Estáis loco Demir! —gritó uno de los primeros vampiros en recuperarse, señalando a Musa.

—¿De verdad pensáis que esto es estar loco, señor Thompson? —Musa habló tranquilo, pero con un tono juguetón.

—¡Podríais haber matado a cualquiera de nosotros!

—Que muera entonces. Es como deberíamos estar.

Thompson parecía lleno de ira, pero Musa ni se inmutó. Los presentes les miraban atemorizados. Los dos vampiros tenían una constitución parecida, aunque Thompson tenía los ojos y el pelo más claros, además de ser un vampiro de mucha más edad que Musa. Infundía respeto allá por donde pasaba, daba igual que fuese entre elfos, enanos o cualquier otra entidad, Thompson tenía una gran fama tras él como asesino a sueldo, aunque siempre se había destacado por no ser sádico ni atacar a inocentes, o al menos, eso es lo que habían vendido de él.

Por el contrario, Musa era el vampiro más joven y vehemente del grupo. Tenía un expediente impecable y siempre se había vanagloriado de mostrarlo ante sus compañeros, que no podían decir lo mismo. Pero sus formas de comportarse muchas veces se excedían de lo común, eran burdas y hasta peligrosas.

Tras una serie de largas miradas, ambos vampiros se separaron. Musa fue sin dudar al mueble bar y se sirvió una copa, mientras que Thompson se apartaba lo máximo posible del sol. El joven vampiro decidió ponerse frente al ventanal por el que la luz entraba con más fuerza y les miró con una sonrisa socarrona y desafiante mientras bebía. El mayor decidió mantenerse en las sombras.

—Vais a tener que sufrir por esto tarde o temprano. Vais a recibir fuertes críticas, insultos y menosprecios en aquella sala llena de “entidades normales”. Cualquier muestra de vulnerabilidad será vuestra perdición. Y nunca más tendréis una oportunidad como la de ahora.

Musa rompió el silencio al acabar su copa. Habló con calma y seriedad, dejando de lado su tono socarrón, su sonrisa zorruna y esa mirada de superioridad que le hacía parecer superior a los otros.

—Podéis entrar en su mundo. Si aprendéis a controlaros y ser como ellos —prosiguió, mirando a todos los lados de la sala —. Simplemente debéis esforzaros un poco.

El vampiro acabó con solemnidad, pero ni con eso no pudo ocultar su sonrisa de creída superioridad. Los demás empezaron a murmurar entre ellos las palabras que habían acabado de escuchar, pues los vampiros no eran muy dados a dar voces o a exaltarse, acostumbraban a ser calmados, menos cuando su instinto de supervivencia les obligaba a transformarse en seres peligrosos.

Y mientras Musa escuchaba el murmullo, también sabía que tenía los ojos del otro vampiro clavados en su ser. El joven era plenamente consciente de que se había desmarcado totalmente de ellos, y tenía sus razones. Él no necesitaba ser protegido por nadie, nunca lo había necesitado y dudaba mucho necesitarlo de la forma en que sus congéneres lo necesitaban. Su deber ahí simplemente era defenderles, de los otros y de ellos mismos.

Finalmente Charles se había quedado solo. La periodista se había tenido que ir con sus demás colegas y el vampiro debía organizar a los suyos, por lo que el político era totalmente libre, o al menos, lo suficiente como para acampar a sus anchas mientras esperaba a que les llamasen.

—¡Qué sorpresa veros aquí, señor Zeus! —saludó Charles afablemente a un gato blanco y negro erguido sobre sus patas.

—Buenos días, lord Fitzgerald —respondió el minino con una pequeña reverencia y ronroneando —. Veo que vuestro sentido del humor permanece intacto. Aunque continuáis mintiendo igual de mal que siempre.

—Si se supiese cuando realmente miento, no estaría donde estoy.

Charles le dedicó a Zeus una inocente sonrisa, que éste respondió con una sonora carcajada que no pudo (ni quiso) reprimir. Todos los congregados se giraron de inmediato, algunos les miraron con desaprobación, pero otros les sonrieron con complicidad. Les habían reconocido y ambos lo sabían, pero les importaba bien poco.

Las risas se les acabaron pronto. Una figura igual de alta que Charles, aunque más delgada, con una nariz tan larga y afilada como sus orejas se acercó a ellos. Iba con los brazos extendidos, como si les estuviera dando la bienvenida, pero en su sonrisa y sus ojos se veía totalmente la aversión que sentía hacia ambos. Se trataba de Lord Aodh, el portavoz de los elfos.

—Parece que os lo estáis pasando en grande, ¿será a nuestra costa también? Como es tan típico en usted —la figura miró directamente a Charles, esperando alguna mala reacción por su parte.

Pero la reacción esperada no llegó, el político se limitó a mostrar una suave sonrisa ladeada, como si no fuese con él.

—Es un placer volver a verle, Lord Aodh; como también es un placer verle feliz. Creía que tras el Gran Concilio no hallaríamos sonrisa alguna en su rostro —Charles habló con cordialidad, como si se estuviese dirigiendo a un superior al que le tenía respeto. Aunque sin ocultar (deliberadamente) la apatía que sentía —. De vez en cuando, está bien saber que un servidor puede equivocarse.

El gesto de Aodh cambió de inmediato ante la respuesta de Charles. No se esperaba que le respondiese con esa tranquilidad y amabilidad pese a que sus palabras estuviesen tan envenenadas. Apretó los puños y dientes con fuerza, le había acabado de dejar desarmado, porque aunque replicase, el otro no entraría al trapo.

—Miauuuu… —Zeus bostezó exageradamente para llamar la atención de aquellos hombres que le superaban por mucho el tamaño, cuando lo consiguió, tomó a Charles de la manga y tiró de ésta —. No van a tardar en llamarnos a todos. Es hora de ir agrupándonos.

—Tenéis razón, Zeus. Lord Aodh, nos vemos en la sala.

El gato y el político se despidieron con una sutil reverencia. Aodh se quedó de pie mirando al hombre mientras se alejaba y se despedía de su compañero, con el orgullo herido. Pero así funcionaba la política, y Charles sabía mejor que nadie cómo sortear cualquier revés.

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