Reflejos #2 - Tiempos pasados siempre fueron mejores

Las mañanas no siempre podían ser para todos igual. Habían unos que se levantaban tras una larga y reconfortante noche de descanso en sus camas algodonadas y calientes; algunos lo hacían simplemente de camas calientes, otros se levantaban después de haber sobrevivido entre el poco calor que daban unos cartones, y tampoco había que olvidar a los que iban en esos momentos a dormir tras una larga noche de trabajo (o fiesta). Por último, estaban los que directamente no dormían durante la noche, o que al menos no habían dormido la noche pasada; y no precisamente por trabajo u ocio. El insomnio o una condición diferente a la normal se lo impedía.

Y Musa Demir era uno de esos personajes que no dormía durante noche. En esos momentos podía saborear los primeros rayos de luz que pasaban entre las persianas de su humilde y reconfortable hogar. O eso hubiese hecho si no fuese porque en la oscuridad se sentía, veía y movía mucho mejor.

Se encontraba dentro de su armario ropero, eligiendo con cuidado qué traje se pondría y cómo iba a conjuntarlo, sobretodo en un día como el que se le avecinaba. Al contrario que muchos hombres con cierto poder adquisitivo del siglo XIX, él no disponía de ayuda de cámara por propia voluntad. Era un hombre de buen gusto, no le gustaba destacar demasiado y se consideraba discreto, muy sagaz y hasta impertinente. Cuando encontró la ropa que más adecuada le pareció, salió de la pequeña sala en la que se hallaba y sosegadamente se dirigió hacia su cómoda, dispuesto a arreglarse.

Se miró en el espejo unos segundos, Musa era un hombre alto y delgaducho que no debía tener mucho más de treinta y cinco años, pero en sus pequeños y finos ojos se podía ver que realmente tenía mucha más edad. Su pelo era de color marrón, peinado hacía atrás con cierto aire despeinado, acompañado de una perilla corta muy fina sin bigote que le alargaba más los rasgos de su rostro blanquecino.

Había días en los que le costaba reconocerse frente a éste, pues la gente de su condición no siempre tenía la oportunidad de poder verse reflejada, ya que se requería una gran cantidad de energía (de la que no todos disponían) y mucha concentración; Otra cosa que estaba reservada solamente para algunos de ellos era la posibilidad de moverse durante el día. Por suerte él era lo suficientemente poderoso para aguantar la luz diurna, aunque le había costado sus siglos conseguir llegar a ese nivel y no podía abusar de ello.

Pero ese día era especial, ese día necesitaba más que nunca ser fuerte y aguantar el sol. Ese día los de su especie se jugaban su futuro, se jugaban estar al mismo nivel que los humanos, magos, hechiceros, elfos y otras entidades que poblaban el planeta y podían desempeñar cualquier tipo de trabajo sin que su nacimiento fuese un problema.

Durante un largo tiempo, los vampiros no habían podido trabajar al mismo nivel que las entidades más cercanas al Orden, solamente trabajos nocturnos, duros y, muchas veces, fuera de la ley, puesto que los edictos pasados les habían tratado dentro del tipo de los “No Muertos”, unas entidades que estaban en una de las escalas más cercanas al Caos y acostumbraban a ser peligrosas y extremadamente irracionales, ya que entre los “No Muertos” se encontraban seres tales como: poltergeist, fantasmas, espíritus o zombis, seres en los que la consciencia y la razón sí acababan desapareciendo. Pero los vampiros eran diferentes en eso, pues ellos podían llegar a mantener su racionalidad si aprendían a mantenerla una vez la maldición les hiciese efecto, cosa que les permitía controlar desde su fuerza hasta su sed de sangre y magia.

En los siglos que Musa llevaba siendo un vampiro racional, había estado luchando duramente para que los que habían conseguido mantener su razón pudiesen ser considerados al mismo nivel que otras entidades. No pedían cambiar o crear una nueva categoría -los dioses no lo permitirían-, pero sí que pedían una ley que les amparase y ayudase a tener una vida algo más normal y no sufrir el rechazo de los otros.

Aunque cabía destacar que la motivación real del No Muerto no era porque esperaba una mejora para los demás, más bien lo hacía por él. Había sido un “afortunado” al nacer en una época anterior al Gran Concilio del Mundo Sin Nombre, en la que los vampiros eran temidos y respetados, en la que no debían ocultarse y en la que ellos eran necesarios para ganar las guerras. Era una época dorada para ellos y quería recuperar aquella libertad que más tarde se perdió con la casi aniquilación de la magia y el posterior Gran Concilio; el tiempo acabó ayudándolo y un reencuentro del pasado (del que nunca había perdido la pista) pudo impulsar lo que estaban a punto de conseguir alguno de lo suyos.

Y sobretodo, nunca olvidaría aquella reunión improvisada que tan fructífera fue, tanto que sus amarillentos y brillantes ojos brillaron aún más bajo la tenue oscuridad al recordarlo.

Hacía más de 10 años, en una noche oscura y empañada por la densa niebla londinense del invierno, un hombre alto, de porte elegante, con un bastón que le ayudaba a disimular una leve cojera en la pierna derecha, andaba tranquilamente por las calles vacías de la zona adinerada de la city, sin parecer darse cuenta de que un vampiro le vigilaba y se acercaba a él con intención de abordarle.

— Si fuese usted, no haría lo que está pensando en hacer— dijo de pronto el hombre, con voz calmada y amable mientras se detenía.— Sé que no sois tan estúpido. Musa Demir — el hombre hizo una breve pausa. — Hacía años que no nos encontrábamos, por fortuna.
— Por lo visto sigues sabiendo mantener las apariencias, y tus recuerdos. Lord— respondió el vampiro mientras aparecía tras él. Musa no era tan alto y corpulento como el hombre que tenía frente suyo, pero sí tenía la suficiente altura como para ver que el vello de su cuello se había erizado. — 200 años y aún nos sigues temiendo. Me sigues temiendo — dijo el vampiro, usando un tono de voz que denotaba cierta fanfarronería y siguió hablando, arrastrando las palabras, — una auténtica lástima que ni puedas morir ni puedas ensuciarte las manos.
— Me gustaría saber qué hacéis aquí, os hacía en alguna parte de vuestro decadente imperio Otomano. Olvidarme sería lo más sensato que podríais hacer, por vuestro bien y por el mío — aunque el hombre intentaba hablar con cordialidad, para cualquiera que lo conociese muy bien, se daría cuenta de la tensión que emanaba. Suspiró resignado.— Acabemos rápido, ¿a qué habéis venido? — preguntó el hombre mientras daba un paso al frente y se daba media vuelta para encararlo.

El vampiro se mantuvo en silencio, la rápida pregunta y el movimiento de su interlocutor le sorprendió, pues creía que su presencia le iba a anular si tenía en cuenta que la primera y última vez que se habían cruzado le había dejado una huella importante, tanto física como psicológica. Sacudió la cabeza y dejó atrás el desconcierto inicial para volver a centrarse, estaba seguro que realmente el hombre debía estar muerto de miedo, sentía su tensión.

Pero de momento ahí lo tenía en frente, en los siglos que habían pasado no había cambiado demasiado, alto, fuerte, de pelo oscuro y con unos ojos azules fríos que parecían reírse de todo, aunque en aquel momento no lo hacían. Y a Musa le encantaba tener en sus manos la satisfacción de quitarle esa sonrisa permanente con la que lo había conocido y siempre lo había visto.

— Un intercambio de favores, protección a cambio de protección.

Los brillantes, vivos y amarillentos ojos del vampiro se enfrentaron contra los fríos de aquel al que se dirigía. Aquel enfrentamiento visual duraría a lo largo de los siglos, aunque en aquel momento que se encontraba Musa, 10 años después, lo único que veía era su figura desvanecerse del espejo mientras sus ojos tomaban un tono de almendra tostada, el vampiro había decidido que ya estaba preparado y que no necesitaba verse más.

Bajó las escaleras con parsimonia, preparado para ese día en el que el congreso iba a votar una ley a favor de los suyos y él era el representante del grupo que había conseguido llevar la ley hasta ese nivel, todo gracias a aquel encuentro con el que, en aquellos momentos ya podía hasta considerar un amigo, aunque no tenía muy claro que el otro pensase igual. Cuando llegó al rellano, se puso la gabardina y el sombrero para salir, cogió las llaves y tomó fuerza para dejar que los tenues rayos de sol le diese de lleno.

Musa debía agradecer que la niebla debilitase los rayos del astro rey, pues acostumbrarse a la terrible sensación de calor abrasador, la presión sobre su pecho y una horrible ansia asesina y sed de sangre era complicado, y aunque podía dominar sus deseos más instintivos, en segundos todo podía desaparecer y ser como aquellos que no querían tener una vida mejor y recuperar el esplendor de cuando ser un vampiro no era un estigma al que ignorar.

Pero tras esos minutos de dolor, el vampiro recuperó la compostura y acabó de bajar las escaleras que daban al pequeño jardín de su planta baja. Delante suyo le esperaba un carruaje, con el cochero al lado de la puerta de la capota. Musa se acercó a paso ligero y le saludó con un leve asentimiento de cabeza, el hombre de pelo cano le saludó con algo más de elegancia y le abrió la puerta. El vampiro vio que dentro ya había un hombre esperándole, iba impecablemente trajeado y llevaba un bastón altamente reconocible para él.

Musa subió sin mediar más palabras y sus ojos marrones se encontraron con los fríos del otro hombre, que le miraba con una sonrisa cortés, aunque sin disimular su tensión.

— ¡Tantos años y sigues siendo tan diferente conmigo! — exclamó Musa entre risas mientras tomaba asiento.
— ¿Nervioso Musa? Puede que hoy sea un buen día para los tuyos— dijo de pronto el hombre de pelo oscuro, obviando el comentario del vampiro y golpeando la capota para que el carruaje se pusiese en marcha.
— En absoluto, recuperaré tiempos mejores. ¿Empiezas a arrepentirte? — preguntó Musa con una sonrisa socarrona.
— No, hoy no— respondió el nombre, mostrando una pequeña y enigmática sonrisa.

El vampiro sonrió igual que su compañero, aunque no tardó en soltar algunas sonoras carcajadas. Musa tenía claro que aquel hombre había cumplido sus deseos porque en su mente había ideado algún que otro plan para que, tal como él decía “todo salga como debe salir”, y al No Muerto no había nada que le gustase más que ese tipo de ideas de su compañero, porque algunas veces la confianza le daba pie a tocarle la moral con ello, o simplemente a deleitarse de cómo se complicaba la vida cuando con un simple corte de garganta se podrían solucionar muchos problemas.

— Así que hoy tienes alguna carta guardada bajo la manga— respondió Musa con una siniestra y divertida sonrisa mientras se cruzaba de brazos y enderezaba la espalda. — Adoro cuando haces eso.

Y era cierto que le encantaba. Musa siempre había sido un hombre de acción aunque intentase pasar desapercibido, y ese tipo de acciones le apasionaban cuando venían de alguien como la persona con la que estaba. De todas formas, su principal interés era conseguir la oportunidad de recuperar tiempos mejores, tras eso, ya vería qué le preparaba su amigo, aunque por suerte, tenía un viaje para sonsacarle información.

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