Reflejos #1 - Una vida simple
Londres amanecía con los primeros rayos de sol que teñían de un extraño color amarillento las pocas nubes que había, los caballos relinchaban en la calle, quejándose cada vez que recibían un nuevo latigazo para cargar con los pesados carruajes. Las mujeres ricas andaban por la acera, acompañadas por sus doncellas para hacer algún tipo de compra, y las que tenían menos dinero, simplemente iban con sus cestos debidamente tapados; en cambio a los hombres se les veía andar con tranquilidad, blandiendo sus bastones y con sus trajes; no se veían hombres con monos de fábrica, eso estaba reservado si paseabas por los barrios pobres de la ciudad.
Pero los niños estaban por todos lados. Como siempre.
Tocando primera hora de la mañana era fácil distinguir sus agudas voces de entre el ruido de carros, caballos y mozos, gritando los titulares más importantes de los diversos periódicos que habían.
Tocando primera hora de la mañana era fácil distinguir sus agudas voces de entre el ruido de carros, caballos y mozos, gritando los titulares más importantes de los diversos periódicos que habían.
Era absolutamente todo normal, o todo lo normal que podía esperarse si veías esa escena como la típica londinense de mediados del siglo XIX y no entrabas en pequeños detalles: hombres de orejas largas y puntiagudas o más bajos y regordetes de lo normal, mujeres que vestían largas túnicas en vez de vestidos ceñidos al cuerpo y por último, personas con rasgos de diferentes animales, que se camuflaban perfectamente con aquellas ropas.
El mundo estaba lleno de magia desde hacía más de cinco siglos. Seguían habiendo barreras que romper, pero la mayoría ya habían desaparecido y aquella época en la que la caza entre seres mágicos y seres naturales (seres que, en principio no tenían ninguna habilidad mágica) era sangrienta quedaba muy lejana, con la aparición de métodos mucho más sensatos.
La política y la prensa se habían convertido en grandes aliados para llegar a un acuerdo entre seres. El estudio, el avance de la tecnología y el querer combinar capacidades habían convertido a viejos enemigos en amigos. Pero aunque la harmonía estaba alrededor del mundo, siempre había un hueco para que las manzanas podridas intentasen corromper a todo el cesto; las dos herramientas que habían ayudado a conseguir el bien común eran un arma de doble filo.
Tras la creación de los primeros rotativos diarios y del periodismo, la aparición de periódicos a favor o en contra de unos y de otros había sido cuestión de tiempo. Existía tanto la prensa objetiva e independiente como la subjetiva y destinada a manipular las noticias. En el inicio de la era de la información nadie estaba a salvo de nada.
Ni los más informados. Excepto ella…
Quora McHalle había sido una de las pocas reporteras de investigación valoradas en Estados Unidos. Nació a principios de siglo en una familia acaudalada londinense que emigró al Nuevo Continente e invirtió parte de su fortuna en las imprentas y la prensa, con lo que consiguieron ampliarla y hacerse un hueco en la sociedad de la Gran Manzana; esto ayudó a Quora en su juventud a poder entrar en el mundo del periodismo enfocado a los humanos, valiéndose de su posición y de una capacidad innata y casi mágica para detectar noticias. Con los cambios y evolución que se estaban experimentando en la vieja Europa, Quora decidió volver a su tierra natal para verlo con sus propios ojos y hacer una crónica para llevarla a Estados Unidos.
Corría 1838, la ahora mujer llevaba varios años aposentada en la capital de Reino Unido y se había hecho un pequeño nombre como reportera en la capital. A poco más de dos semanas para volver, una sucesión de hechos totalmente fuera de su alcance y que no logró entrever, hizo que sus planes se cancelasen por completo y se quedase en el viejo continente.
En esos momentos (ya habían pasado 7 años desde aquel incidente) seguía trabajando en el mundo de las noticias, manteniendo su estatus. Aunque en esos momentos se ocupaba de las noticias e investigaciones referidos a los seres magícos, no por simpatía, más bien sentía cierta antipatía hacia ellos (y sus poderes), pero en parte se había visto obligada a tener que hacerse cargo de ese tipo de información.
Y en esos momentos, la mujer estaba frente a su cómoda, mirándose fijamente en el espejo mientras su doncella le arreglaba su largo y rubio cabello en una trenza. Quora tenía los ojos cerrados y la postura recta, confiriéndole un aura de serenidad mientras la arreglaban.
— Hoy estáis más silenciosa de lo normal— comentó de pronto la doncella, una mujer de mediana edad de pelo castaño con algunas canas y ojos oscuros—. ¿Habéis vuelto a soñar con aquel día?
Quora asintió brevemente y abrió los ojos, clavándolos en el reflejo de ambas, al contrario que los ojos de la doncella, los de la mujer eran de un frío azul-grisaceo que parecían ver más allá de la mente con un solo vistazo.
— Hacía tiempo que no soñaba con ello— dijo de pronto la mujer, cogiendo un algodón para espolvorearlo sobre sus mejillas y así dar un poco de color a su blanquecina piel—, pero no hay nada inevitable en este mundo, ni los castigos.
— No seáis tan dura. Bien sabéis que no tuvisteis culpa de nada. Si no hubiese sido por usted, la maldición hubiese continuado y a saber cuántos de nosotros hubiesen desaparecido.
— No hice nada, allí había alguien más— contrapuso Quora, mirando por encima de su hombro a la doncella—. Nunca me cansaré de repetirlo, River, había un mago, o un hechicero, no sé qué clase de magia tenía, pero sí pude sentir un increíble poder que detuvo aquella maldición y a su invocador.
La doncella se quedó en silencio y asintió, había tenido muchas veces esa conversación con su señora y sabia que si la continuaba, no iban a llegar a nada, por lo que prefirió dejarlo y acabar con el peinado. Por su parte, la mujer rubia volvió a cerrar los ojos y dejarse llevar por sus pensamientos.
Unos pensamientos que le llevaron a una sala de un color beis claro, llena de camas con sábanas blancas, algunas ocupadas y otras no. Recordaba que le costó abrir los ojos y, cuando se amoldó a la luz que entraba por los grandes ventanales, enseguida distinguió las ropas de enfermeras y que frente a ella habían dos hombres con trajes oscuros. Quora enseguida supo que eran dos policías, uno encargado de los seres mágicos (un hombre de largas orejas y ojos achinados) y otro de los naturales (un hombre de estatura menuda, rubio y de ojos pequeños), también se reconoció que se encontraba en un hospital, las enfermeras lo delataban más allá del dolor que sentía en sus costillas y en el hombro.
— ¿Qué queréis saber?— preguntó Quora, dejando atrás las formalidades, mientras se incorporaba hasta quedar sentada en la cama, con toda la elegancia de la que podía disponer pese al dolor.
Los dos hombres se miraron atónitos, estaban acostumbrados a que la reportera les hablase tan directamente, pero nunca les había hablando con tanta contundencia, tampoco la habían visto nunca de mal humor. Ninguno de los dos sabía demasiado bien si empezar a hablar, la mujer les había acabado de intimidar y el tema que debían sacarle era bastante peliagudo, sobretodo si tenían en cuenta que el doctor aún no había aparecido para hablar con ella.
— Señorita McHalle… Lleva varios días inconsciente— el hombre menudo empezó a hablar, dando vueltas al sombrero que tenía entre sus manos—, entenderemos perfectamente si no se acuerda o no quiere hablar de ello en este momento; pero necesitamos que nos aclare algunas lagunas. Estaba en…— los policías se lanzaron una mirada de preocupación. Habían cosas a los que uno les costaba acostumbrarse y más cuando se trataba de dar explicaciones a gente cercana— entre unos escombros, hubo un incidente y usted fue una de las personas que encontramos. Además de un gran rastro de carga mágica.
— ¿Tanto os cuesta hablar francamente?— Quora enseguida se percató del nerviosismo de los hombres cuando les habló, era obvio que no querían hablar directamente de ello. Lo que no sabía es si era por la gente que había allí o porque tenían miedo de hablar de ello. Inhaló aire y lo echó con un suspiro, haciendo un ademán con la mano—. Tampoco os voy a poder ayudar. Lo único que os puedo decir es que allí me encontré con dos hombres discutiendo sobre recuerdos, almas y esencias, jerga de magos o hechiceros. Nada más.
La mujer se guardó para si misma algunos de los hechos, habían muchas cosas que recordaba de forma difusa y sentía que necesitaba poner sus pensamientos en orden. Sin contar las pocas ganas que tenía de explicarles a los agentes su grado de implicación, era periodista y sabía cuán valiosa podía llegar a ser la información que atesoraba un testigo. Sabía además que si decía demasiado, la apartarían por todos los medios y algo dentro de ella le decía que debía investigarlo.
Antes de que los policías pudiesen volver a abrir la boca, un hombre de pelo negro y bata blanca les tomó por el hombro y con una siniestra voz amable, les obligó a tener que abandonar la habitación por el bien de la paciente, ya que él necesitaba hablar con ella y asegurarse de su estado.
— ¿Señora? ¿Os encontráis bien?— la dulce voz River devolvió a Quora al momento presente, ésta sacudió la cabeza con levedad antes de levantarse de su asiento—. Espero no haberos importunado, pero llegaréis tarde a vuestra cita.
— En absoluto River, no habéis importunado— fue la respuesta que recibió la joven, aunque con un matiz más frío del que debería haber sido—. Nos veremos esta noche.
Tras una breve reverencia la doncella salió de la habitación, dejando que Quora acabase de arreglar lo que necesitaba. No pasó mucho tiempo más hasta que acabó y salió por la puerta, aquel día tenía una importante cita en el Parlamento, había perseguido la noticia durante bastante tiempo y quería estar delante de los políticos cuando saliesen tras la votación de la ley que se estaba gestando. Además de otros intereses propios personales.
Comentarios
Publicar un comentario